A partir de creencias ancestrales, muchos viven sacrificándose inútilmente. Una cosa es trabajar y esforzarse a cambio de un bien específico y otra, flagelarse de una manera que no sirve a nadie.
En nuestra cultura hay una tendencia a ser mártir como si esto tuviera un gran valor o utilidad. La palabra sacrificio lleva la connotación de sagrado. Antiguamente se reconocía el término como la práctica de ofrecer a los dioses comida, sangre o la vida de animales y gente. Existía la creencia de que la vida o la sangre de las víctimas complacían a la divinidad. A cambio, estas deidades aterradoras corresponderían con algún favor específico o, en todo caso, calmarían su furia contra la humanidad y su castigo sería menos cruel. Para algunos, era un honor ser el “sacrificado”.Hoy en día, la idea de ofrecer sufrimiento a alguna deidad prevalece en forma de sacrificio voluntario. Éste va desde las peregrinaciones de rodillas hasta el desprendimiento del dinero para las alcancías de la limosna. De alguna manera, sigue siendo una especie de intercambio con el cielo: se le ofrece dolor para recibir algún bien. La idea de que la deidad se complace con el sufrimiento sigue vigente a pesar de que se proclame: “Dios es amor”. A partir de estas creencias ancestrales, muchos viven sacrificándose inútilmente. Una cosa es trabajar, esforzarse o desprenderse del dinero a cambio de un bien específico y otra flagelarse de una manera que no sirve para nada ni a nadie.También utilizamos el término sacrificio para describir cualquier acto doloroso a favor de alguien más. Es una de las palabras favoritas del chantaje. El famoso personaje de doña Zoila, creación de Héctor Suárez, ejemplifica a millones de madres mexicanas que con un: “Yo, que tanto me he sacrificado por ti”, mantienen a sus hijos controlados y manipulados hasta el día de su muerte y, en muchos casos, aún después.
Cuando a un acto se le llama “sacrificio” recibe un tinte de “bueno” y de muy respetable. Quien vive soportando un dolor quiere pensar que su sacrificio será recompensado por su dios algún día, que se está ganado el cielo. Entonces ya no ve su pasividad como la gran tontería que en realidad es.
El problema es que vivimos una gran contradicción respecto a la idea del sacrificio. Ya no queremos ser pobres pero vemos la pobreza como algo tan digno y respetable que, quien logra salir de la miseria, se siente culpable.
Tal vez ya no se sacrifique gente en un altar para satisfacer a dioses sangrientos, pero sí nos sacrificamos a nosotros mismos de manera tonta e inútil y, en el “nopalazo”, nos llevamos de corbata a los demás. Que no diga una madre que lo que más desea es la felicidad de su hijo cuando hace todo para que éste “valore” su sacrificio. Quien en verdad quiere hacer feliz a otro, lo mejor que puede hacer es ser feliz.
El que se sacrifica siente lástima por sí mismo, por lo tanto ha perdido la capacidad de valorarse y ser respetado. Lo único que obtiene es sufrir y hacer sufrir a los demás. Reflexione en cuántos sacrificios inútiles ha hecho y pregúntese: ¿qué ha obtenido a cambio?, ¿no fue ya suficiente?
Ser mártir es una decisión propia. Dejar de serlo, también.
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